Mi padre no come aquí ni borracho

Nací en un pueblo de 13.500 habitantes, Betanzos, y mis hermanos y yo siempre nos reímos diciendo que cada vez que oímos una ambulancia, contamos 10 y nuestro padre nos llama para saber si estamos bien (exageramos un poco para vacilarle, pero os juro que no está muy lejos de la realidad). Cuando con 18 años me fui a estudiar a Madrid me pasé la primera semana llorando y mi padre en lugar de decir “pues ahora te aguantas que ya hemos pagado una pasta”, me llamaba y opinaba que volviera, que estudiara algo en Coruña. Al mes ya no me quería mover de la ciudad que me regaló 6 de los años más bonitos de mi vida, pero todas y cada una de las veces que iba a Galicia y regresaba en avión a Madrid, mi padre me decía “toma, 30 euros para el taxi del aeropuerto a casa”, por supuesto yo me iba en metro y me los gastaba en cañas. Cuando él y mi madre venían a visitarme, yo les mostraba los bares en los que solía comer y mi padre me decía que “qué horror y qué suciedad” y me llevaba a comer a Txistu. Y claro, cualquiera dice que no a ese jamón de bellota y a ese solomillo.

Podéis pensar que es exagerado, pero para mí es maravilloso. Me he pasado la vida desafiándole, primero Reino Unido y California con 15 años, luego Madrid, más tarde Londres otra vez y, la última, ¡Perú! De esta pensé que me desheredaba y me dejaba de hablar. Pero no. Lucha un poco, intenta hacerme cambiar de idea y cuando ve que es imposible, me apoya incondicionalmente y me dice: “Toma, para el taxi del aeropuerto a casa”.

Total, todo este rollo sentimental es para contaros que ahora cada vez que voy a un restaurante que parece “cutre” y sucio, viene a mi cabeza la cara de mi padre. Y últimamente me pasa mucho porque Lima está plagado de ese tipo de sitios, locales de los que a primera vista piensas “esto no pasa una inspección ni de coña”, pero pruebas su comida y alucinas en colores, o en sabores.

Aquí os dejo una lista de los que he podido probar hasta ahora, la lista de lugares en los que mi padre no comería ni borracho:

Mercado de Surquillo

El mercado predilecto del papi de la gastronomía peruana: Gastón Acurio, quien está al mando de la cocina de Astrid y Gaston, uno de los mejores restaurantes del mundo (nº 30) según la lista The World’s 50 BestY en el que (carita de orgullo) trabaja Oswal, mi garganta profunda particular, el que me desvela todos los secretos que hay detrás esos platos que parecen obras de arte. Pero de Astrid hablaremos otro día, cuando cobremos la extra de Navidad. Volvamos al mercado.

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Se encuentra a escasos minutos del Parque Kennedy de Miraflores y dicen que lo que no encuentras allí, no lo vas a encontrar en ningún lado: desde todas las variedades de ají, papas, frutos secos, verdura, fruta, pescado y carne hasta artilugios de cocina o flores. Lo tiene TODO de calidad, fresco y tirado de precio. Además, lo puedes probar allí mismo, ya que el propio mercado cuenta con cevicherías y los alrededores están plagados de restaurantes con menús que rondan los 7 soles (aproximadamente 2 €). A Oswal y a mí nos gusta ir allí los domingos a comprar la fruta de la semana y aprovechamos para comer un buen ceviche barato. Siempre hay ambientazo por la zona, aunque hemos descubierto hace poco que de lunes a viernes hay mucho más.

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Si os gusta este estilo, también os recomendamos el Mercado Central y el Mercado de Jesús María.

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¡Ah! Y si sois de los que guardáis hueco para el postre, probad los helados de La Fiorentina Gelateria, justo al lado del Mercado de Surquillo. Son artesanales y de un montón de sabores. ¡Os costará elegir!

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Al Toke Pez 

Mi favorito. Muy cerca del Mercado de Surquillo.

Una barra para 8 o 9 personas delante de una cocina dirigida por Tomás (Toshi) Matsufuji, cuyo tío, Toshiro, fue uno de los pioneros en cocina Nikkei (fusión japonesa y peruana), junto a Nobu, quien, si no lo conocéis, cuenta ya con 33 restaurantes y ha conquistado los paladares de medio mundo. ¡Casi nada!

La verdad es que, además de la calidad de la comida, soy muy fan de los restaurantes en los que ves cómo cocinan. Me quedo atónita mirando los ingredientes y el fuego que sale de las sartenes, como cuando un mago te desvela sus trucos y piensas “¡Claro! ¡Qué fácil! ¿Cómo no lo he visto antes?” Pero luego intentas hacerlo tú y nunca te sale igual. Es la magia de los cocineros.

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Lo único negativo es que, debido al poco espacio, puede que tengas que hacer cola para sentarte a comer, pero realmente merece la pena. Os recomiendo pedir leche de tigre mientras esperáis y luego atreveos con el plato combinado de ceviche, chicharrones y arroz de mariscos. Todo por escasos 18 soles y combinado con la mejor chicha morada (una bebida típica de Perú que consiguen hirviendo maíz morado) que he probado hasta ahora en la capital.

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Yamakawa

Continuamos por la zona. En este caso un lugar de comida criolla con terracita y raciones, como diría mi hermano, “como pa’ una boda”, por eso aquí os recomiendo pedir siempre para compartir. El tacu tacu, los choros (mejillones) y el ceviche están muy buenos, pero merece la pena cualquier plato de la carta.

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Caldo de Gallina

Si vas a tomarte unas copas por Miraflores, el Pasaje de los Pinos, entre el Parque Kennedy y Ripley, es el mejor after-party. Cuenta con varios locales pequeñitos en los que sirven caldo de gallina hasta la madrugada. Pollo, fideos, cebolla y limón. Si no revives con eso, date por muerto y prepárate para la resaca.

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Chifas

La peruana es una de las cocinas con más influencias internacionales, ya que por aquí pasaron españoles, italianos, africanos, japoneses o, de los que os quiero hablar, chinos. Fue tal la afluencia de estos últimos que se calcula que un 2% de la población peruana tiene ancestros chinos. Ellos dejaron el legado del arroz, el kión (jengibre) y el sillao (soja), además de un montón de restaurantes chinos o, como les llaman aquí, chifas. Hay por toda la ciudad, os recomendamos Chifa La Unión, en Barranco, con más de 90 años de antigüedad, pero si os queréis empapar del ambiente asiático, no dudéis en pasar por el Barrio Chino, en el centro de Lima, justo al lado del Mercado Central.

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Espero que os haya gustado y, ya sabéis, jamás os dejéis llevar por las apariencias.

Dedicado a mi padre, por ser el héroe por el que siempre me he sentido protegida.
A mi madre por apoyarme siempre y luchar conmigo y por mí.
Y a mis hermanos por ser mi ejemplo, mi conciencia y los dos pilares que me sujetan esté donde esté.

Un beso,

Carmen

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carmen, comería en todos esos lugares que tan bien describes que hasta veo el humo que sale de esos escaparates de cocinas casi al aire libre , donde como en grandes balcones te dejan admirar sus quehaceres porque es la propia vida… las mamis nos dan de comer desde que nacemos y los siguen haciendo hasta el final… después como me ocurre a mi, el café ya no huele igual, ni la carne asada… ni tan siquiera aquella deliciosa leche frita que tanto admiramos y nos comíamos en un plis-plas … esa magia de hacer en casi un segundo infinito la comida para “nosecuantoscomensales” y seguir con la sonrisa a pesar del cansancio… como bien dices en otros de tus posts, nada es igual según dónde estés…y desde luego la valentía crece si ya te ” despegas” del lugar habitual… tal vez porque aparecen por fin las alas escondidas… o porque uno se siente tranquilo y sin presiones…
    Fijate recuerdo un viaje a Formentera… después de un verano de trabajo en aquel centro infantil que ya no menciono… allá me voy con una amiga a volar a ese paraíso pequeño y a finales de septiembre, es otra historia. Allí conocí a un pescador de tiburones… rubio… de tez morena¡¡¡, tatuado… políglota… con mil historias vividas por todo el mundo…músico excelente … claro … me dedicaba miradas, canciones… cenas en el Fast Ferrari , y de repente surge esa química o tal vez te dejas llevar por el impulso… en ese momento te lo juro que fui feliz allí.. porque era el lugar… la libertad… sin horas…aquel aventurero hiperactivo no se le ocurrió otra idea que venirme a visitar a Betanzos, imaginate el shock , con sus botas de la guerra de Afganistán… con su falta de dientes en no me acuerdo que fila… fué el desasosiego de mi familia, que claro está no querían ni ver.. y les aclaraba : ” no es mi novio ni nada de eso “., estuvo en Coruña en casa de esta amiga… pero hija, aquel aventurero tenía otra forma de vida… y aquí para nada encajaba y menos conmigo… era salvaje no maleducado, para que se fuese tuvimos que hacer casi un master… al final, en fin… la aventura fué en Formentera, hay cosas y situaciones que si las cambias de lugar , ya no son ni parecen lo mismo. En fin, ya seguro te habrás reído un rato… te juro que es solo la esencia… Un abrazo apretadito

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