Perderse para encontrarse

“Si, Londres, ya sabes: pastel de riñones, taza de té, mala comida, peor clima y esa Mary Poppins de los cojones. Londres” . 

Snatch: Cerdos y diamantes

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Toda mi vida fui a un colegio católico y, desde pequeñitos hasta Bachiller, lo primero que hacíamos al llegar por la mañana era ir a “la visita”. La visita era ir a la capilla y rezar las oraciones de buenos días, recordarnos lo agradecidos que teníamos que estar por todo lo que teníamos y, además, comernos alguna que otra bronca si había pasado algo en el colegio los últimos días. Como comprenderéis, “la visita” era un coñazo del que te intentabas escaquear siempre que podías.

Recuerdo que nos ordenaban por cursos, tú entrabas e ibas donde estaban tus compañeros, aunque hubiera más espacio en otro sitio, tú tenías que ocupar tu puesto con tu pelotón. Armen filas. Y recuerdo también como en época de exámenes, “la visita” se convertía en tu última oportunidad para repasar, con lo cual ya veis a toda la clase de pie, haciendo que rezábamos mientras mirábamos el libro que ya habíamos colocado estratégicamente en la silla de delante, para que no se notase. La mirada de ese Dios que todo lo ve no nos importaba mucho.

“La visita” además era el primer chequeo entre profesores y alumnos. Una mañana, cuando tenía unos 14 o 15 años, llegué con los ojos hinchados, recuerdo como si fuera ayer la bronca que me cayó por parte de una monja que consideraba un insulto llegar a clase sin haber dormido y con esa cara (en mi colegio hace unos años llegabas con mala cara y se creían que venías directo de una rave). El caso es que mis ojos hinchados eran de pasarme la noche llorando porque me había enterado de que mi novio me había puesto los cuernos, lo que esa monja no sabía, pero toda mi clase sí. Es lo malo de crecer en un pueblo. Me sentí totalmente ridícula.

Si pudiera volver atrás, le diría a esa niña que no sabía nada de la vida que espabilase, que la vida ya le daría razones más importantes para llorar. Que dejase a ese idiota y se fuese a bailar reggaeton y a ligar con quién le diera la gana. Que aprovechase la adolescencia para aprender y también para disfrutar, porque esa edad es para eso. Para perder la inocencia, la vergüenza, el miedo… Pero nunca nunca el tiempo.

Cuando hace poco me fui a vivir a Londres, me fijé en lo desapercibido que pasas en esa ciudad. A pesar de que ya había estado 6 años en Madrid, la indiferencia que muestra la gente en Londres me llamó mucho la atención. Allí a nadie le importa si tienes los ojos hinchados o si vas llorando en el metro. Nadie te mira por la calle, vayas vestido como vayas vestido. Te sientes libre para bailar como te de la gana y para subirte a todas las tarimas de la discoteca sin que nadie hable de ti. A mí todo eso me cautivó por completo. Me pregunto si los adolescentes allí son más libres para madurar a su manera.

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Creo que a veces, aunque sea sólo durante unos días de vacaciones, todos necesitamos ese descanso, esa desconexión. Salir a la calle y encontrarte en un lugar extraño, alrededor de gente desconocida, sin tener muy claro el camino de vuelta a casa. Porque en ese momento, además de conocer paisajes y personas, te conoces un poco mejor a ti mismo.

Londres para mí es eso, un lugar en el que perderme por sus calles para encontrarme a mí misma. Donde más he disfrutado de mi libertad y de ser yo entre gente a la que en realidad le importa una mierda quién soy, cuál es mi pasado y si he llorado por muchos idiotas.

Hace unas semanas, volví a mi ciudad favorita del mundo y sigue igual de alucinante, pero siempre te sorprende con lugares nuevos. Estos son algunos de mis últimos descubrimientos… y algún clásico:

The Palomar

Este restaurante de comida mediterránea con raíces israelitas está ubicado en pleno Soho y me encanta por tres razones: calidad, precio y, sobre todo, diversión (bueno, en realidad hay una cuarta, y es que los platos están cocinados con mucho amor por, entre otros, Oswal y su hermano Bruno). Es un local pequeño con pocas mesas y una barra que separa a los cocineros de los clientes, por lo que si tienes suerte de que te toque en ella puedes ver a los artistas hacer su magia (ya os había comentado que eso me encanta) y luego ellos mismos te explican el plato. Son raciones pequeñas, para compartir, me gusta mucho eso porque así tienes la posibilidad de degustar entre tres o cuatro por persona y la experiencia es más completa.

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Esto se une a un rollito informal, los cocineros van con el gorro que les apetezca (sombreros, gorras…) y a un sonido ambiente que ya te llama desde la calle: buena música a todo volumen, lo suficientemente alta para que el cocktel sea casi obligatorio, acompañando a cualquiera de los deliciosos postres. Ah! Y si tenéis suerte, podéis ver al chef marcarse un solo de batería con los artilugios de la cocina. ¡Todo un show!

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Pavilion

No sé si os había contado que soy de esas que aunque salga hasta las mil y se levante a las mil y una, desyuna en vez de comer. No me salto un desayuno nun-ca. Así que en Londres me volví fan del típico brunch dominguero y en mi última visita Oswal me llevó al este de la ciudad, a Victoria Park, para disfrutar de un superdesayuno. En cuanto vi el bar me di cuenta de que los dos trenes y la caminata hasta el parque habían merecido la pena: un montón de mesas de madera al aire libre y una barra al lado de un lago con sus ocas y patitos incluídos. Las vistas eran increíbles. Pero además los platos son abundantes y con muchísimo sabor, nosotros nos pedimos huevos Royale y un cruasán tan bueno que no nos pudimos resistir a pedir otro para llevar (no vaya a ser que nos quede un huequecito sin llenar).

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Flat Iron Steak

Además de estar situado en una de mis zonas favoritas de Londres, Carnaby, este sitio me llamó la atención por la inteligencia con la que está montado. Allí vas a comer carne. Única y exclusivamente un filete de ternera, de muy buena calidad y sólo por 10 libras, lo que en el centro de Londres es casi un milagro. Al vender sólo un producto consiguen comprar y vender la carne a buen precio. Lo pedimos poco hecho (para mí, la única manera de disfrutar de la buena carne) y estaba exquisito y muy tierno. Pedimos de acompañamiento una crema de espinacas y berenjenas al horno, ambos con mucho sabor.

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Hootananny Brixton

Como su propio nombre indica, este pub está situado en Brixton, donde nació David Bowie, será por eso que es uno de los barrios con más “rollito” de la ciudad. Los sábados por la mañana hay un mercado muy auténtico, tanto que a veces parece que estás en una feria de pueblo más que en la capital de Reino Unido. Es lo que más me gusta de Londres, esa variedad de ambientes que puedes encontrar con sólo un viaje en metro. Brixton acogió hace años a todos los inmigrantes afro-caribeños que llegaban a la ciudad y, aún hoy se pueden percibir esas raíces. Está plagado de bares y discotecas, pero yo tengo predilección por este: el Hootananny. Un inmenso pub inglés con una sala donde varios días de la semana hay música en directo y una terraza con mesas grandes y bancos de madera pintada y bombillas de colores que la atraviesan de lado a lado. Además hay un puesto en el que cada día hacen comida diferente: hamburguesas, pizzas, perritos… Un lugar muy muy divertido para tomarte unas cervezas con tus amigos.

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Brick Lane

Este es uno de los clásicos, pero para algunos aún es un desconocido, así que no podía dejar de nombrarlo. La primera curiosidad de esta calle del este de Londres, en el barrio de Shoreditch, es que está plagada de restaurantes y supermercados indios y cada uno de ellos dice ser el mejor de la zona. La segunda es que los domingos se llena de mercados callejeros de ropa vintage y antigüedades y de puestos de comida de casi todas las nacionalidades (todavía no hemos visto ninguno peruano). La idea es similar a la de los mercados de Camden o Portobello, pero para mi gusto Brick Lane es un poco más auténtico. Pero eso no es lo único que congrega a cientos de personas cada domingo en esa zona. El mayor atractivo es la cantidad de graffitis que hay por todas las paredes, algunos muy muy currados. Yo cada vez que voy encuentro muchos que acaban de hacer y otros tantos en los que no me había fijado. Cuando vivía allí, los domingos de Brick Lane eran sagrados. Buscando ropa original, comiendo rico y barato y tomándome cervezas a 2×1 con mis amigas en el Monty’s Bar. No se me ocurre una forma mejor de acabar la semana.

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Es escribir sobre Londres y sentir de nuevo lo que me transmiten sus calles. Espero que os lo haya contagiado un poco al leerme. Este es sólo un granito de arena comparado con todo lo que esconde esta ciudad, pero volveré a escribir sobre ella, ¡lo prometo!

Un besazo,

Carmen

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Desi dice:

    Me encanta cómo relatas… Me siento súper identificada con “perderse para encontrarse a una misma”.
    Muuuuuy bueno! Un saludo!

    Le gusta a 1 persona

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