De tres maneras

Estuve en París tres veces, afortunada de mí.

Dos de ellas en septiembre. Aunque es un mes que mucha gente odia porque termina el verano y toca volver a la dura realidad de las jornadas partidas, los abrigos y los cigarros helándote en la puerta de un bar, a mí, por llevar la contraria, me encanta.

Me encanta porque septiembre siempre ha tenido ese sabor intenso a año nuevo que muchas veces le falta al mes de enero. Porque durante muchos años de nuestra vida, septiembre es el verdadero inicio, el verdadero cambio. Septiembre significaba nuevo curso, nuevos compañeros, nueva aula y nuevas asignaturas. Mis septiembres sabían a Madrid, cuando empieza a bajar la temperatura y la gente se lanza a las terrazas para disfrutar más que nunca las cañas y los gin-tonics a la luz de un sol que cada vez se esconde antes.

Y sigue siendo así, aunque algunos hayamos cambiado el aula por la oficina, septiembre sigue sonando a canción de despedida, a cuenta atrás, a empezar esa lista de propósitos que dejaste aparcados en verano. Porque la verdad es que en la playa con un mojito en la mano, como que lo de dejar de fumar y ponerte a dieta te la traía al pairo.

Recuerdo cuando mi amiga Belén me dijo que ya era hora de madurar y comprarse una agenda de año completo, de esas que empiezan en enero. Me pareció algo catastrófico.

Al grano…

Como os decía, dos de las veces que estuve en París ocurrieron durante mi querido septiembre.

La primera vez fui con #unchicodecuyonombrenoquieroacordarme. Volamos desde Madrid y nos escapamos unos días a recorrer las callejuelas de la ciudad del amor con una temperatura perfecta. Vi por primera vez la Torre Eiffel (y no me impresionó), me perdí por las pertenencias de Luis XIV en Versalles, toqué las gárgolas de Notre Dame y paseamos por el Sena de noche.

Muy bonito y muy de película todo. Tanto que regresé diciendo que sí, que París es precioso, pero que no viviría allí nunca.

Mi tercer encuentro parisino (el segundo os lo cuento de último) fue hace un año, cuando estaba trabajando en Elle e hice un viaje de prensa con La Biosthétique. Fueron tres días a todo lujo: hotel de 5 estrellas en el centro, una cena con vistas espectaculares, otra en barco con música en directo y un desfile de la marca en sus oficinas situadas en pleno Arc de Triomphe.

Fue todo fantástico, el equipo me trató como una reina y me encantó mirar París desde esa perspectiva que, seguramente, no podría permitirme nunca por mí misma. Pero aún así, no tuvo la misma magia que la segunda vez que estuve en la ciudad.

No, esta vez no era septiembre, sino mayo.

Y además, un mayo pasado por agua, con temporal incluido. Me fui con mi amiga Rocío. Las dos vivíamos en Londres, así que organizamos una escapada muy low cost, tanto que decidimos ir en autobús, cruzando el Canal de La Mancha. Lo bueno de hacer viajes con Rocío es que, lo que para otras personas serían 7 tediosas horas metidas en un bus, con ella es toda una aventura.

Ninguna de las dos había viajado por el Eurotúnel nunca, así que no sabíamos ni cómo era el mecanismo. Cuando llegamos a la frontera no perdimos detalle mientras nos metían en un tren de transbordo con cientos de coches más, el conductor abría las puertas y un cartelito nos advertía de que nos relajásemos, que estaban conduciendo por nosotros… Menos mal, no me gustaría quedarme atascada a 40 metros bajo el mar.

Llegamos a París y, como yo ya había mirado desde Londres cuál era el camino para llegar a la casa donde nos alojaríamos, la encontramos sin problema (si llego a esperar a que lo hiciera Rocío, todavía estábamos dando vueltas en el metro… reconozco que a veces admiro su calma). Alquilamos una habitación por Airbnb en Montmartre, el barrio bohemio, donde está el famoso Moulin Rouge, ese centro de ocio parisino que pintaba Toulouse-Lautrec. Aunque eso lo vimos al día siguiente, porque lo que urgía nada más llegar era comprarnos unas cervezas y patatas de bolsa e irnos a ver todo París desde lo alto de Sacré-Coeur, mientras unos cuantos atrevidos improvisaban cantando con ayuda de una guitarra.

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Callejeando encontramos un local pequeñito en el que los dueños no entendían ni papa de inglés y comimos algo entre chicharrones y paté, que a día de hoy todavía no sé que es pero estaba buenísimo, y una tabla de quesos para chuparse los dedos. Todo con vino, por supuesto.

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Al día siguiente fuimos en busca de un buen croissant francés, preguntamos a varias personas y finalmente elegimos un puesto de calle que nos recomendaron. Nos compramos un café, nos sentamos en una placita todavía mojada por la lluvia de la noche y disfrutamos de dos cruasanes y una napolitana de chocolate. Y no, no fue suficiente, me hubiera comido otros tres. Pura delicia.

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Dimos una vuelta por Montmartre y nos fuimos al centro. ¿Os acordáis de esa Torre Eiffel que no me impresionó durante mi primer viaje? Pues esta vez, al verla se me puso la piel de gallina. Supongo que aquel pasado septiembre mis emociones estaban muriendo para dar lugar a otras nuevas.

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Caminamos, nos comimos un crepe y seguimos caminando sin seguir un rumbo fijo, solo contemplando la belleza de todos y cada uno de los edificios de la capital. Volvimos a nuestro barrio bohemio para seguir con el ritual de cervezas, que ese día empezaría en el bar de Amelie y terminaría tomándonos una copa en un pub brasileño en donde no tardamos mucho en hacernos amigas de los camareros y de un par de chicas con las mismas ganas de fiesta que nosotras.

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Al día siguiente nos despertamos con el diluvio universal cayendo sobre París (dos días después, leí en el periódico que la ciudad estaba inundada por un temporal), así que aprovechamos para ir al centro de arte contemporáneo Pompidou antes de poner rumbo de regreso a Londres.

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Después de un trayecto pasado por agua y un control exhaustivo para salir de París, cerramos el viaje con una hamburguesa gigante y una pinta de cerveza en el típico pub inglés. Porque lo bonito de los viajes no es solo el durante… Sino la previa, organizando. Y el post, analizando, acordándonos de anécdotas y con ganas de regresar. Porque, esa ciudad que me pareció preciosa pero no para vivir en ella la primera vez que fui, esta vez me parecía el lugar más acogedor del mundo. Y eso que no hicimos nada especial, no cenamos en restaurantes de lujo ni nos alojamos en un hotel de 5 estrellas.

Solo es la magia de viajar con alguien que es “casa” y que te hace mirar las ciudades, y la vida, con otros ojos.

Por eso, no importa adonde vayas, pero asegúrate de ir con la compañía adecuada, porque la misma ciudad se puede ver de 3 maneras, o de 80.

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Ahora sigo organizando viajes y apuntándolo todo en agendas que -adivinad- ya son de año completo, pero en las que septiembre sigue oliendo a libros nuevos y a la tinta de todas las historias de invierno que nunca dejaré de escribir, ni de vivir… Aunque se mojen con la lluvia torrencial de un temporal en París.

Un besazo,

Carmen

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