De pintxos y trap

Me caigo, me pierdo, pierdo a los demás
por no cuidarlos más que por tratarlos mal,
esta noche no hay reproche, recordar y brindar

Se acabó. C’est fini. Winter is coming. Que no lo digo yo, lo dice Instagtam Stories, que a su repertorio de emoticonos de flamencos y helados ha añadido ya la mochila, el lápiz, el cuaderno, el café y, para que no se nos olviden los kilos de más: la manzana. Eso sí, muy sonriente ella, no vayamos a hacer un drama de esto. Sólo es otro septiembre y a estas alturas, ya todos expertos del postureo, nos las apañaremos para sacarle partido al “back to school”.

Aunque cada verano es diferente, suele ser una época de grandes descubrimientos: música, playas, ciudades, personas y, por supuesto, comida. Yo estaba a punto de pisar el acelerador para meterme en el otoño, lamentando lo rápido que se ha pasado el mes de agosto y apuntando las miles de cosas que tengo que hacer antes de volver a la rutina, cuando decidí pararme a hacer balance de todos ellos y así poder escribir este post.

La banda sonora de mi verano (a parte del irremediable y ya un poco cansino Maluma) ha sido hip-hopera (si es que ese adjetivo no es muy 2006). Esto se lo debo a los amigos con los que compartí piso el último mes, que me bombardearon 24h al día con rap, trap y el gran descubrimiento del verano: afrotrap. Nos despertábamos con el spanglish de Kidd Keo, comíamos con la frescura de Locoplaya, nos arreglábamos para salir de fiesta a ritmo de Afrojuice, bailábamos con C. Tangana y curábamos las resacas con el acento gallego de Hard. 

 

Los días pasaban fugaces entre canción y canción. Cuando nos dimos cuenta ya era final de mes y no habíamos organizado nada para una escapada a San Sebastián que habíamos planeado a principio de verano. Tres días antes reservamos una habitación por Airbnb en una casa de surferos con vistas a la playa de Zurriola. Viajé con Oswal y su hermano Bruno, que también es cocinero, así que sabía a lo que iba: a comer. Lo bueno de viajar con chefs es que a pesar de no haber reservado ningún restaurante con antelación, nos echaron un cable para conseguir mesa en alguno de ellos. Por ejemplo, la propia Elena Arzak nos hizo reserva en el 3 estrellas para el día siguiente.

Como no soy de dejar lo mejor para el final, empezaremos por el plato fuerte (nunca mejor dicho):

Arzak

Ya os había contado que Oswal trabajó para un restaurante en Londres con instrucción de Arzak: Ametsa, por lo que ya entramos “con enchufe” al restaurante de Juan Mari. Gracias a ello nos hicieron una ruta por lo que se podría llamar el backstage de un 3 estrellas Michelín. Pasamos por la cocina, la bodega (donde esconden unas cien mil botellas de vino) y el laboratorio (donde cuentan con tecnología avanzada, mil referencias envasadas y seis personas que trabajan día a día para crear nuevos platos). Nos cuentan que la carta cambia por ciclo, dependiendo de los productos que estén en temporada. En este momento están tratando de hacer crecer unos crustáceos que formarán parte de un plato para Madrid Fusión. Tendremos que esperar un par de meses para saber de qué se trata.

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Una vez hecha la ruta, nos sentamos a disfrutar de un menú degustación que destaca no sólo por su sabor, sino por su presentación. Comimos hasta hartarnos y con una atención muy especial en todo momento. No quiero desvelar nada, pero os dejo algunas imágenes para que veáis el gusto con el que está montado cada uno de los platos, incluso uno de ellos con un Ipad debajo mostrando el mar, todo al mínimo detalle.

Tres merecidísimas estrellas.

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Bodegón Alejandro

Es uno de los clásicos de la parte vieja. Tras una puerta estrecha y unas escaleras que bajan a lo que parece ser un sótano se encuentran los dos elegantes comedores del bodegón. En el que nos tocó a nosotros tiene un mural precioso de un paisaje donostiarra cubriendo toda una pared. El restaurante, que fue cuna del chef Berasategui, mantiene la esencia de la cocina vasca, con un producto de muchísima calidad y una presentación de 10. Merece la pena el menú degustación con maridaje y tiene una muy buena relación calidad-precio.

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El menú…

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Casa Julián

Desde mi punto de vista, uno de los imprescindibles del territorio vasco. Se encuentra a media hora de San Sebastián, en Tolosa, un pueblecito con encanto en el valle del río Oria que cada día se llena de paladares en busca de una única cosa: el txuletón.

Lleva 60 años en pie y sus estanterías llenas de botellas empolvadas dan fe de ello. Una estética antigua pero cuidada al mínimo detalle, con mesas y bancos de madera, servilletas verdes de cuadros y una pequeña parrilla en la que sorprendentemente cocinan tooodos los txuletones que demanden los clientes.

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Me encanta no sólo por su singular decoración, sino porque mantiene la esencia de la cocina vasca: materia prima excelente, que se saca partido a sí misma, sin necesidad de una gran elaboración. De hecho su carta es muy básica, allí sabes a lo que vas. Pedimos de entrante unos espárragos deliciosos y acompañamos las dos piezas de carne con unos increíbles pimientos del piquillo. Sin duda, el mejor txuletón que hemos probado nunca.

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De Pintxos

No penséis que nos pasamos el viaje sentados en una mesa, por supuesto disfrutamos de la cultura de pintxos vasca. Entre mis preferidos están: Topa, de fusión peruana-vasca-mexicana y con un concepto novedoso, os recomiendo pedir el guacamole tôpa, con una hoja de instrucciones para que lo hagas tú mismo en la mesa;  Txepetxa, con unos excelentes boquerones combinados con diferentes ingredientes (incluso dulces); La Cuchara de San Selmo, con pintxos muy novedosos y de excelente calidad, os recomiendo la burrata con almejas; y para terminar, la tarta de queso de La Viña, sublime, nada comparable a las que hayáis probado hasta ahora, os aconsejo ir temprano porque se acaban pronto.

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The Loaf

Como adicta a los cruasanes es el lugar perfecto para desayunar. Una especie de panadería/cafetería en la que todos los productos son hechos por ellos. Hay varios por la ciudad, pero el que está en la playa Zurriola tiene el horno justo al lado del local y a través de una cristalera puedes ver cómo preparan la masa del pan y de la bollería. En fin, ya lo dice Locoplaya: “mami no sabes qué siento cuando entro a tu tienda y hay pan recién hecho”.

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Tocaba volver a casa y os podéis imaginar la música que sonó en las 6 horas de trayecto en coche hasta Galicia.

Lo mejor de todo, es que la vida y sus casualidades quiso el 1 de septiembre se celebrase el festival Beat Out que pretende acercar la cultura urbana a la gente de A Coruña y este año junto a  raperos y traperos que están triunfando ahora mismo en España, entre ellos algunos de los que llevaban quemando nuestros altavoces todo el mes. Por supuesto, nos juntamos para ir y ponerle broche final a un verano inolvidable.

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Ya en septiembre y todavía no he cambiado de banda sonora, mi nueva obsesión es Ayax y Prok y, aunque no soy inmune a la depresión postvacacional, tampoco soy de las que cree que todo sabe mejor en verano. No llega con (sobre)vivir, hay que vivir de lunes a domingo y de enero a diciembre, porque, no sé a vosotros, pero a mí ya se me está quitando el moreno de la piel. Dentro de poco sacaremos los abrigos y cuando estemos en pleno detox del verano, nos empezarán a acribillar con anuncios de turrones, brindaremos por un nuevo año y nos llenaremos de propósitos que no tardaremos ni un mes en dejar de lado. Planearemos una escapada para Semana Santa, florecerán los cerezos, estornudaremos por el polen y volveremos a comprar protección solar. La vida vuela, cada segundo cuenta y no vale lamentarse por algo que, al fin y al cabo, sólo tardará 9 meses en volver. Feliz pre-verano.

Un beso,

Carmen

 

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