Tú a Hangzhou y yo a Madrid

Aunque es de noche
La corriente que nace de esta fuente
Bien sé que es tan capaz y omnipotente

En un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre, la pandilla le explica a Robin (de origen canadiense) que no será una auténtica neoyorquina hasta que no haga cosas como quitarle el taxi a alguien que lo necesite más que ella o llorar en el metro sin que le importe lo que opine la gente.

Hace un mes, fui yo quien lloró en el metro. Bueno, lloré en el metro, en la calle y, sobre todo, en el aeropuerto. Y, aunque no era Nueva York, sino Madrid, no me importó en absoluto lo que pensase la gente. Es más, ni era consciente de su presencia, porque ÉL se acababa de ir y el vacío era tan grande que ni una gran ciudad llena de gente podía hacerme sentir algo.

Lloré sin parar, hasta que mi cara se llenó de ronchas. Digna jeta por la que una madre le diría a su hija “mira que fea estás llorando, el camarero se está riendo de ti”.

Lloré, lloramos los dos… E intenté sacarle una sonrisa admitiendo que odiaba a mi yo comprensivo que un mes antes dijo “tienes que irte, no puedes rechazar esta oportunidad…”. Le pregunté si era demasiado tarde para rectificar. Y, aunque era broma, reconozco que una parte egoísta de mí, mi demonio, tenía un 1% de esperanza de que lo mandase todo a la mierda y se quedase.

Pero entonces no sería ÉL. Y esto no sería la realidad, sino un capítulo de una serie americana. Y si esto fuera Hollywood, seguramente yo hubiera salido corriendo detrás de él sin maleta, sin billete y pasando el control de metales pitando y con el bolso lleno de líquidos, pero los guardias lo ignorarían diciendo: “¡Corre tras él, nena!”. Me subiría al avión, le contaría lo eterno que había sido ese minuto y medio sin él y le daría un beso mientras toda la tripulación y pasajeros aplauden.

Pero no, la realidad es que me quedé sentada en el aeropuerto hasta que despegó el avión y me subí en el metro a casa destrozada deseando que nadie me preguntase adonde se había ido, porque para el colmo aún no sabía cómo narices se pronuncia “Hangzhou”.

Como aquí no lo tengo que pronunciar, sólo escribirlo, os lo puedo contar. Oswal se fue a esa ciudad impronunciable con más de 3 consonantes juntas: Hangzhou, cerca de Shanghai, porque le ofrecieron dirigir un restaurante español allí durante mínimo un año.

recetas de un viajero distancia

China es un país que, además de estar lejísimos (14 horas de avión, lo que me pone un poco complicado hacer una escapada de fin de semana) tiene bloqueado el acceso a toda página que no sea de su país. Es decir, dentro de sus fronteras no puedes acceder a este blog. Ni a este blog, ni al New York Times, ni conectarte a Instagram, a Facebook, a Whatsapp o al mismísimo Google. Por suerte puedes descargarte una especie de aplicación que te permite navegar como en cualquier otro país. Vamos, que le hacen bullying a la globalización, aunque luego todo sea made in China.

A pesar de todos los inconvenientes y de la jartá de llorar del primer día, he de admitir que lo estamos llevando muy bien. Y la razón no es más que una: estamos cumpliendo nuestros sueños. Yo he empezando a escribir para la revista Cosmopolitan, de lo que os hablaré en los siguientes posts, y él está dirigiendo una cocina con sólo 25 años. Esos sueños son los que le dan sentido a todo. Por eso, antes de luchar por una relación, hay que luchar por uno mismo. Crecer por separado para ser más fuertes juntos.

recetas de un viajero distancia (3)

Y en eso estamos…

Viviendo con 7 horas de diferencia en nuestros relojes, pero no a destiempo. Dándonos los Buenos días/Buenas noches. Me voy a currar vs me voy a dormir. Llamadas en el trayecto del metro al trabajo, robándole minutos a los días. Mandando audios de 5 minutos. Compartiendo nuestros pequeños logros de cada día y disfrutándolos juntos, a 10 mil kilómetros. Maldiciendo cada vez que me acuesto sola. Asimilando que los domingos cuestan, pero los viernes más.

Y ahora que se acerca la Navidad pienso que el año pasado en estas fechas estábamos los dos en Perú, juntos, pero lejos de todo lo demás. Este año tengo todo lo demás y no le tengo a él. Y no puedo dejar de pensar en lo caprichosa que es la vida. Ahora entiendo por qué nunca muestran la realidad los guionistas de Hollywood.

Que no te cuenten películas, los sueños hay que lucharlos. Y si por el camino tienes que llorar en público, diles que eso es muy neoyorkino. Y listo.

Un beso,

Carmen.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Biku dice:

    Estas relaciones “extensibles y comprimibles” ademas d aportarnos vision espacial, arritmia emocional y ronchas en la cara susceptibles d degenerar en futuras arrugas, nos enseñan a relativizar la distancia. Una leccion mas aprendida, SONRIE!
    Una ventana directa a Hanzhou se abre para ti cada vez que conectas tu movil, tu portatil o la puerta automatica en la sala de llegadas de la T4. Sois vos quieres decidis cerrarla o abrirla. No siempre la conexion estuvo libremente establecida. Animo corazon!

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  2. SOLE dice:

    AYSSSSSSSS Carmen¡¡ y lo escribo así de grandote¡¡… a veces… cuando tengo tiempo para leer tus posts, me hago a la idea que eso, eso que sientes, es tan bonito, tan real y tan humano, que es sacrificado en todos sus contenidos… pero cuanto se aprendeee¡¡¡ cuanto se llena uno por dentro… cuanto puedes escribir a través de lo que sientes y compartes.
    Está claro , que nada se hace sin sacrificio, que eso de la nada… es pura invención de esos que te dicen : ” si pones una sonrisa cada vez que te levantas, la vida es feliz…feliz…” jajajjaja…me rio, por que nada sería igual, si un día… o dos… tuvieses esos renglones torcidos… esas fases de despedidas… esas vivencias… que abordas y superas, en todas las medidas… ahora te toca CHINA, ahí está esperándote… allí va con mucha frecuencia , mi amigo Dani López, siguiendo a ese gran cirujano, que es Diego López… osea…que si me das el nombre del restaurante, seguro que van por allí…

    Enhorabuena por tú nueva andadura en Madrid… y por estos posts, que son un regalo , para los sentidos.

    Espero verte por Navidad.

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