¿Y si montamos un chiringuito en la playa?

¿Por qué no me llevas a un sitio de esos?
Donde dices que no existe el tiempo
Y tiemblan mis huesos

Uno de mis propósitos del 2019 era escribir en el blog. Y ha tenido que llegar la semana previa a cumplir 29 años para acordarme de que ya han pasado 6 meses desde el 1 de enero y, efectivamente, no he cumplido mi propósito.

Sí, es mi último cumple de veinti-, mi último año de veinteañera, aunque si os digo la verdad, hace tiempo que esa palabra no me representa. Más allá de los números, “veinteañera” suena a fiesta, a bailar hasta las mil y despertarse sin resaca, ¿no? Pues yo hace bastante que no me siento así, es más, diría que mi momento favorito del día es cuando me siento en el sofá a ver Netflix y confieso que he cambiado los domingos de resaca por los findes de lavadoras. Lo peor es que la mayor parte del tiempo soy feliz con esta nueva forma de vida, salvo cuando voy en el metro a las 8 de la mañana y me cuestiono toda mi existencia. Es la magia de la hora punta en transporte público o en caravana quemando el embrague, que nos hace soñar a todos con montar un chiringuito en la playa.

Y lo que os vengo a contar es que hay gente que lo hace.

Hace unas semanas fui a un viaje de prensa a Alicante con la firma de calzado Gioseppo. Mientras comíamos una paella en la isla de Tabarca, el mismísimo Gioseppo (hijo del dueño, socio de la firma junto a sus hermanos y a quien apodaron con ese nombre italiano cuando era pequeño) nos contó una anécdota de su vida que dejó en un segundo plano a los zapatos. Resulta que cuando llevaba 30 años al mando la empresa de su padre, se cuestionó si eso era lo que realmente quería (supongo que parado en una caravana a hora punta, claro). Y la respuesta fue negativa, así que le planteó a su mujer y a sus dos hijos dejarlo todo e ir a dar la vuelta al mundo. Ella, sorprendentemente, aceptó sin pensárselo. Y digo sorprendentemente porque suena muy bonito decir eso de “lo dejo todo y me voy”, pero hay que ser muy valiente para hacerlo, sobre todo con dos hijos. Pero parece ser que veces los astros se alinean para que dos personas se sientan igual en el mismo instante. Así que cargaron lo justo en sus maletas y emprendieron ese viaje solo con billete de ida que todos hemos soñado hacer alguna vez. Os preguntaréis cómo educaron a los niños. En Bali un hombre que había montado su propia escuela, con un sistema mucho más práctico y nada común, les habló del “homeschooling” y ahí vieron la solución perfecta. Les educaron ellos mismos y funcionó tan bien que cuando regresaron a España los niños aprobaron sus exámenes y no tuvieron que repetir curso, algo que, antes de emprender el viaje, ya habían barajado como uno de los contras.

Después de contar la historia, añadió: “os sorprende, pero lo hace mucha más gente de la que pensamos, nos encontramos con muchas familias recorriendo el mundo”. Y es cierto. De hecho, todo esto me hizo recordar otra historia. Cuando estaba en Perú coincidí con dos hermanos españoles, una chica y un chico. Me contaron que la última Nochevieja estaban hartos de sus vidas, así que decidieron no tomarse las 12 uvas y ver qué pasaba. Cuatro meses después, él estaba recorriendo Latinoamérica solo y ella había empezado a trabajar en California. Esto me hizo reflexionar mucho. Ellos sabían que no fue al azar. Ojalá tomar o no tomar las 12 uvas fuese la receta mágica para cumplir nuestros sueños, pero todos sabemos que esas campanadas solo sirven para tener claras las cosas una vez al año. Lo decisivo aquí fue que, al contrario que a mí, a ellos no se les olvidó su propósito (o no-propósito). Sino que decidieron cambiar su vida y aventurarse hacia la felicidad, como Gioseppo y su familia.

El año pasado, unos amigos de mi amiga Indira recorrieron Asia durante casi un año con el dinero que habían ahorrado en Londres (sí, en Londres a veces se puede ahorrar). Y en los últimos meses he escuchado varias historias de gente que trabaja durante la temporada de verano en las islas Baleares y el resto del año se dedica a viajar por el mundo. La verdad es que es una opción muy tentadora, ¿no? Yo ahora mismo no tengo ganas de dar ese giro a mi vida, pero reconozco que a punto de cumplir mis 29, cuando el día a día va tan rápido que no me paro ni a escribir un post para este blog, me consuela saber que hay una opción B. Que como española, tengo la grandísima suerte de tener un pasaporte que me permite moverme por todo el mundo casi sin ninguna restricción. Y eso, la verdad, me da el aire que necesito cuando no cabe ni un alfiler en el metro.

El pasado mayo huí de la ciudad y me fui a Mallorca. Allí, además de fantasear con la idea de montar un chiringuito de pescado en la playa, me harté de alioli y comí en sitios realmente buenos. Si vais a visitar la isla, estas son mis recomendaciones:

  1. Desayuna una ensaimada en una buena pastelería, como la Panadería Pons, en Colonia Sant Jordi (Carrer Major, 20).

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2. Compra pan, tomate y sobrasada en el Mercado de Santa Catalina y hazte unos bocadillos en la playa. La cala Llombards es una buena opción: preciosa y con el agua totalmente cristalina.

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4. Tómate un vermouth en la La Rosa Vermutería (Carrer de la Rosa, 5, Palma) con unas sardinas de aperitivo y no dejes de probar sus croquetas de bacalao.

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5. Ve al restaurante Los Patos en Alcudia (Camí de Can Blau, 42) y date un festín de pescado.

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6. No te puedes ir de la isla sin probar el calamar de Casa Manolo (Plaça Sant Bartomeu, 2, Ses Salines), que te preparan delante de ti sin desperdiciar nada.

***

Báñate en todas las calitas, sube la Serra de Tramuntana,  no te pierdas la puesta de sol de Na Foradada, come mucho alioli, visita la catedral de Palma, baila, ponte protección solar incluso si está nublado… Y, sobre todo, aprovecha el verano para cumplir al menos uno de tus propósitos de año nuevo, porque a veces esas 12 campanadas significan mucho más que una cuenta atrás.

Carmen

 

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