El círculo de confianza

Nadie como tú para hacerme reír,
nadie como tú sabe tanto de mí,
nadie como tú es capaz de compartir
mis penas, mi tristeza, mis ganas de vivir.
Tienes ese don de dar tranquilidad,
de saber escuchar, de envolverme en paz.
Tienes la virtud de hacerme olvidar
el miedo que me da mirar la oscuridad.
Solamente tú lo puedes entender
y solamente tú te lo podrás creer.
En silencio y sin cruzar una palabra,
solamente una mirada es suficiente para hablar,
ya son más de veinte años de momentos congelados
en recuerdos que jamás se olvidarán.

 

Cuando tenía 14 años, una noche que mis padres tenían una cena, me quedé sola en casa. Bueno, sola no, con mi prima Tamara, mi compañera de juegos y de aventuras. Pero esa noche ya no nos apetecía jugar a las Bratzs, así que decidimos que no pasaría nada si cogíamos prestada algo de ropa de mi hermana Patri (que tenía 26) y salíamos un rato de fiesta. Supongo que yo daba por hecho que mi hermana dormiría con su novio, así que eso hicimos. Salimos de casa vestidas ideales, fuimos a la única discoteca de mi pueblo y, como era de esperar, la noche no fue tan guay como imaginábamos. Pero lo peor, sin duda, estaba por venir.

Cuando llegué a casa, metí la llave en la cerradura y se me aceleró el corazón. La puerta no estaba cerrada, lo que en mi casa significa que hay alguien dentro (si no es así, cerramos con doble vuelta, alarma, rejas de electricidad, láser y un perro rabioso). Mi cabeza empezó a fabricar mil pensamientos por segundo: “¿Quién está en casa? Se supone que mis padres están de cena y mi hermana con Antonio”. Respiré, entré y me dirigí a mi habitación, que en ese momento compartía con mi hermana Patri, así que no había escapatoria.

Y ahí estaba ella, en la cama, leyendo tranquilamente hasta que nos plantamos nosotras delante CON SU ROPA. Os podéis imaginar la situación. Una de la mañana y aparecen la mocosa de tu hermana y tu prima con tu ropa. No recuerdo lo que dije en ese momento, supongo que solo un “lo siento” culpable, pero sí recuerdo lo que dijo ella: NADA. No articuló palabra ni ese día ni los siguientes, tampoco les dijo nada a mis padres. Y ese fue el mayor castigo.

Hace unos años encontramos la carta que le di para disculparme (sí, una carta, soy así de drama queen y antes no existía el whatsapp ni los emojis llorando, ¿vale?) y decía algo así: “Patri, por favor, ríñeme, cuéntaselo a papá y a mamá, pero háblame”. Obviamente me habló al momento, ella solo quería que entendiera el susto que podrían haberse llevado mis padres si llegan a casa y no estamos. Y lo entendí, vaya si lo entendí.

Creo que esta historia se la contamos a mis padres un día de Nochebuena, cuando mis hermanos y yo confesamos todas las cafradas que hemos hecho tiempo atrás, como si ya hubiera prescrito el delito. Igual que aquella vez que mis padres estaban de viaje y mi hermano le dejó las llaves a nuestro primo Javi para montar una bacanal en casa. ¿Quién lo descubrió? Mi hermana, por supuesto. Y no, esta vez tampoco se lo contó a mis padres.

Pero Patri no solo nos salva el culo cuando la liamos parda. También es mi referente, mi modelo a seguir, con quién veía ‘Compañeros’ y ‘Al salir de clase’, cantaba Alejandro Sanz, Ella baila sola, Laura Pausini, Malú, La Oreja de Van Gogh y Maná. Mi roommate durante 27 años, todavía recuerdo el drama cuando se casó y se fue de casa. Se iba a la calle de al lado, sí, pero mi padre, mi madre, mi hermano y  yo lloramos como si se fuese a Australia. Porque sabíamos y sabemos que ella es la alegría, la sonrisa permanente, el nexo de unión. Para mí, además, es mi mejor amiga, la primera persona con la que quiero compartir mis victorias y mis derrotas, con la que más me gusta tomarme un café, una caña o una copa y filosofar sobre la vida (aunque me diga que soy una intensa).

Ahora hemos cambiado nuestras canciones por las de Alicia y Clara. Y nada me hace más feliz que sumar dos personitas a este círculo de confianza inquebrantable. Bueno sí, solo una cosa, que sigan pasando los años y nuestra relación siga igual.

Sé que cuando lea esto pensará que lo escribo por aquel día que me echó en cara medio en broma medio en serio (así es como se dicen las mayores verdades) que nunca había escrito nada sobre ella. Que si era aburrida porque no tenía ninguna historia qué contar, me preguntó. La realidad, sis, es que tengo tantas que cualquier texto se queda corto.

Y vosotros pensaréis que para tener tantas historias podría elegir otra en la que no nos enfadásemos y me dejase de hablar. Pero, la verdad es que tenía pendiente contar esta anécdota porque me acordé de ella hace poco, viendo ‘Green Book’ (os la recomiendo si aún no la habéis visto). En la peli, el protagonista no se habla con su hermano y en uno de los diálogos finales, Tony Lip, interpretado por el gran Viggo Mortensen, le aconseja:

“Cuando llegues a casa, tal vez deberías escribir a tu hermano. Yo no me quedaría esperando. Sabes… El mundo está lleno de gente solitaria que teme dar el primer paso”.

Me pareció una frase para recordar. Nada es tan importante como para dejar de hablar durante meses o años a una persona que quieres. La vida es demasiado corta.

Felicidades, sis. Te quiero.

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